2020, ¡menudo viaje! Quién me habría dicho a mí que el 12 de marzo, quemado por la campaña de Navidad y deseando unas merecidas vacaciones, una pandemia iba a detener el país en seco. Recibir ese mensaje de mi jefa de que al día siguiente cerrábamos…

Hace un tiempo que no hago este tipo de entradas donde el día de mi cumpleaños (en este caso justico empezado el día) hago un cierto repaso de cómo ha para mí este «año vital» que comenzó el mismo día que comparto con Emilia Pardo Bazán y termina el mismo día que comparto con Nick Jonas. Este año está lo bueno, lo malo y lo queer (y lo queda por venir).

Lo bueno

Y creo que, aunque todavía no lo he procesado del todo, he vuelto a escribir poesía. Puede no parecer mucho, pero para alguien que lleva sin tocarla desde su adolescencia, es un mundo. La poesía para mí fue siempre ese refugio sin la barrera de la prosa donde podía escabullirme por sus recovecos y reptar hasta ese lugar calentito entre la rima y el verso. No sabría cómo definir mi adolescencia (o si habría tenido una) sin el abrazo acogedor de esta disciplina.

Ahora, varios años después de haber dejado de lado, como un amante despechado, la poesía, me doy cuenta de es algo tan entrelazado en cómo soy, que el botecito donde la guardaba se ha derramado sobre mi escritura hasta impregnarla por completo. Tengo relatos como “Desde la cenizas” (que estoy deseando publicar) que narrativamente igual no cuentan nada, pero son un ejercicio de pura prosa embebida en poesía.

Tras terminar hace ya dos años (dos años… ¡fua!) la terapia con mi psicóloga, Laura , a la que siempre agradeceré su trato y lo mucho que me ayudó, tomé la decisión de autopublicar un poemario. Y bueno… pues ahí está en Lektu, aunque apenas lo publicito. Alma a mano (2018) lleva el título que siempre imaginé que llevaría cuando todavía leía poesía y escribía mi depresión en el lienzo de… bueno, lo que tenía a mano.

Ahora que he vuelto a escribir siento que estoy volviendo a conectar con una parte de mí mismo que creía olvidada. Ya no hablo sólo de lo deprimido que estaba como en los poemas que recoge Alma a mano de mi adolescencia, ahora también hablo del Síndrome de le Impostore, de disforia de género, de no binarismo, de relaciones tóxicas y bueno, de todo lo que he vivido desde nueve años que han pasado desde el último poema que escribí.

En octubre quiero juntar lo mucho que me gusta hacer dibujos pequeños con la poesía y hacer mi versión del #Tintubre.

Lo malo

La incertidumbre en un mundo que no se detiene. Ser precario y no tener dinero para casi nada en una sociedad capitalista que no deja de devorarnos. En este año cumplí mi segundo año viviendo en un piso pequeño mucho más caro de lo que debería (y que ahora mi excasero no consigue volver a alquilar) en Carabanchel Bajo. Nos subieron el alquiler 40€, así, sin lubricante, porque: «es que ha subido mucho la comunidad y bueno, el IBI». No estábamos tampoco en la situación de negociar gran cosa, así que apechugamos y, agachando la cabeza, tiramos para adelante con el atraco a mano armada.

40€ no parecen mucho en el papel, pero cuando une es temporal y el otre se ha quedado recientemente en el paro, pueden ser un mundo. La incertidumbre te abraza como una vieja amiga. Y claro, vino la pandemia…

Toda esta situación la tengo presente cada día que me levanto y nadie parece saber cuánto va a durar o cómo será el mundo que resultará (probablemente no se aleje mucho en su marco al que conocíamos).

Lo queer

¿Sabes cuando estás montando un puzle, pero alguien te ha colado una pieza de otro que es idéntica a la que te queda, pero que tiene otro dibujo? That’s me, I’m that puzle. Ahora que tengo mucho más claro quién soy, miro atrás y veo señales, cosas «fuera de lugar» que no hacen más remarcar lo obvio: muy cis tampoco era.

Para mía darme cuenta de que era bisexual (bendito panadero allá donde estés) fue darme cuenta de que siempre lo había sido, de que estaba negándome una parte de mí misme. Me imponía una heterosexualidad que no era real, poco más que una cárcel invisible. Pero salir de la depresión me hizo estar más abierte para explorar quién era yo y cómo me sentía de cara al mundo; de esta apertura vino conocer a más gente no binaria como Guille cuyas experiencias resonaban en mí.

Asumir que esa «otredad» que sentía, ese no verme en el espejo la mayor parte de mis días no tenían la connotación depresiva que se había desprendido después de la terapia, sino que indicaban que, bajo todo ese manto pútrido, había una encerada capa de disforia que no había conocido hasta ahora. Hablé hace unos meses de ello en mi Twitter en un hilo.

¿Qué le pido a esta franja de los 27? Que, por favor, nos traiga un poquito de estabilidad a mi pareja y a mí, que ya está bien la broma. Y un perrete, también (o un gatete). Que bueno, si termino algún proyecto de escritura tampoco me voy a quejar… También podría…