
Marga es invisible. Su trabajo se desarrolla en el edificio Cónsul donde los oficinistas vienen y van a su alrededor sin detenerse a mirarla. Como ella lo ve, eso tiene sus ventajas. Nadie puede dañar a una mujer invisible.
Sin embargo, su ordenado mundo está empezando a cambiar a peor. Su exmarido sigue racaneándole la pensión de sus hijos, su jefe sigue avasallándola y parece que hay una enfermedad, la micosis violenta, propagándose a sus anchas. Pero eso no puede pasar aquí, ¿verdad?, piensa Marga. Eso es algo que ocurre en las grandes capitales, en las películas. Eso es algo que no le ocurre a la gente invisible. ¿Verdad?
El edificio Cónsul es feo. Un sitio horrible para trabajar. Una mole de treinta y dos pesadas plantas en medio de la ciudad. Una fortaleza de hormigón desnudo y postigos de madera construida en los años sesenta, cuando el brutalismo parecía el último grito en arquitectura y la carpintería de aluminio estaba a décadas de obtener ventanas aislantes y silenciosas.
La historia que Enerio Dima nos cuenta en Micosis puede no ser la más indicada para estos días en los que estamos en estado de alarma en prácticamente todos los países (en mayor o menor medida). El contexto social que nos plantea es el de una pandemia en sus primeros estadios, cuando los gobiernos aún no saben cómo se contagia exactamente, ni los síntomas ni mucho menos han activado el estado de alarma. Frente a esta pandemia la respuesta ha sido la creación de una policía biológica que «rapta» a las personas infectadas para tratamientos horribles que recuerdan al «tratamiento» de la homosexualidad y las enfermedades mentales en algunas instituciones psiquiátricas, que ojalá poder decir que ya no usamos en ninguna parte del mundo.
En medio de todo esto, tenemos a Marga, una mujer invisible para su empresa (y para el resto del mundo en cierta manera) como son el personal de limpieza. Esa parte esencial de cualquier empresa en la que nadie repara hasta que falta, ese trabajo que nadie quiere hacer y que nunca parece importante. Marga es invisible para todo el mundo, incluso para su exmarido, que no hace más que retrasar el pago de la pensión de sus dos hijos menores a los que mantiene con un sueldo mísero explotada en un trabajo desagradecido.
Ajena a toda la pandemia, más allá de lo oído en las noticias, tiene la mala suerte de ver cómo un compañero infectado se quita la vida frente a ella. Qué real es todo cuando te toca tan de cerca.
Micosis es un recorrido por los efectos de una enfermedad parasitaria producida por un hongo ficticio, sí, pero sus manifestaciones (físicas y mentales) son aterradoras si has sufrido depresión, por ejemplo. Según vas adentrándote en sus páginas, la luz que posee la novela al inicio se va apagando hasta no dejar más que un pozo oscuro donde las autolesiones son una contante y los pensamientos intrusivos el hilo musical de la vida de Marga. Esto se manifiesta en la propia narración donde de vez en cuando aparecen unas frases en cursiva que parecen un oyente al que narran la historia, pero cada vez se asemejan más a voces en la cabeza de Marga, voces que le dicen que haga cosas y que se vuelven más violentas y crueles a medida que ella va descendiendo hacia la «locura».
Su estilo sencillo, descriptivo, pero siempre lo esencial, corona una obra ligera en extensión, pero densa de leer si te metes en ella. No tiene una trama con muchas pretensiones, sino que se limita en seguir a Marga en su día a día como enferma de micosis violenta y cómo esto afecta a su entorno laboral y familiar.
Micosis se lee en dos tardes y es terrorífica a su propia manera. No es la clase de terror explícito, atmosférico, al que quizá podamos estar más acostumbrados, sino más de nicho. Un terror que clava en garras en las vivencias propias. Yo he tenido depresión con pensamientos intrusivos y autolesiones, por lo que ha habido pasajes que han hecho que mi corazón se acelerase.
Micosis me ha llegado a aterrorizar al verme en Marga, al recordar cómo era estar en ese estado mental. Y mira, es maravillosamente aterrador.
