Todo aquel que escribe, con independencia de la plataforma escogida, tiene un gran impacto en cómo la sociedad es moldeada. Aunque sólo se quiera escribir una historia sobre… yo qué sé, un pueblo que está siendo tiranizado por el poder gubernamental y se levanta en armas. Sencillo, ¿no? La forma en que esa historia sea contada marca precedentes que, como ocurre actualmente con la ficción, puede afianzar una clase de cultura y forma de pensamiento tóxicas. 
Retomando el ejemplo, si en ese pueblo sólo luchan hombres, se puede dar por hecho que las mujeres se quedan atrás cuidando del hogar y de los niños. Que ellas llevan un rol pasivo, por más que sepan empuñar armas y sean el último bastión, pero no el primero. Es decir, se quedan en un segundo plano. De esta forma se perpetua su rol pasivo a través de la ficción, un medio muy poderoso que todos consumimos en menor o mayor medida. Este es un solo un ejemplo de muchos, pues moldear un mundo en el que todas las personas son blancas y en el que el único personaje de color es un mentiroso, contrabandista y, hasta cierto punto, traidor, igual no es el mejor mensaje (sí, George Lucas, te estoy hablando a ti. ¡Mírame cuando te hablo!)
¿Debe un escritor tener límites? Bueno, como escritor que me considero, yo al menos, pienso que sí. No a nivel creativo, ¡sólo faltaría!, pero sí en la forma en que da rienda suelta a esta creatividad. Antes de nada, quiero dejar claro que la mal llamada “cultura de lo políticamente correcto” que hace que Bertín Osborne llore porque no puede hacer “chistes de mariquitas” no existe. Lo que sí existe es una serie de “chistes”, tropos y clichés que no afectan a ciertos sectores privilegiados de la sociedad. Hablo, cómo no, del trío estrella: Hombre-Blanco-Cishetero.
Eso por delante, hablemos del tema que nos trae aquí. Como ya he dicho un poco más arriba, el escritor debería estar limitado por la forma en que trata según qué temas. Sí, el escritor puede hacer un sistema patriarcal, pero para no formar parte de ese sistema debe mostrarlo de forma que no robe la agencia a las mujeres, sino que puede ponerles obstáculos, pero ellas puedan decidir cómo sortearlos. Por eso a la hora de representar esta clase de sistemas debemos hacerlo de forma que se condenen o que aquellos personajes que son adalides y heraldos de dicho sistema no nos sean tan simpáticos. Mejor aún si no los representamos, pero quizá, para algunos, sea mucho pedir.
A nada que uno (hombre) lee a mujeres y se relaciona con ellas, escuchando sus opiniones y sus impresiones de las novelas que leen, no tarda en darse cuenta de que ellas, que no gozan de los privilegios que nosotros sí, están hartas de damiselas en apuros, de pasados con violaciones o de abusos dirigidos expresamente a ellas por su condición de mujeres. Y desde una posición privilegiada eso es algo que no se ve hasta que alguien te abre los ojos al mundo real. Alguien cuya sociedad le marca desde niña que debe ocupar un rol servil, pasivo, lo último que necesita es que los medios que usa para entretenerse, evadirse, le den más de lo mismo.
Esto no sólo se aplica a las mujeres, también al colectivo LGBT+ o a las personas no-blancas que sufren una infrarrepresentación bochornosa y cuando sí son representados, tienden a ser estereotipos o “el negro que siempre muere en las películas de terror”, o, sencillamente, cuota. Es decir, personajes vacíos que buscan contentar a una parte del público potencial que, como escritor, te importan bien poco.
Aquí es cuando entra en juego la hipocresía y las medias verdades. 
Me parece genial, maravilloso y necesario que los autores hablen de cómo se debe cambiar la concepción que tenemos de los colectivos infrarrepresentados. De que los clichés deben quedar atrás y que debemos desarrollar nuevas fórmulas de creación de personajes. Pero todo el mensaje se desvirtúa en cuanto decides leer algo de ese autor que tanto te ha hecho asentir en su charla, porque ¿no es lógico pensar que sus obras serán consecuentes con su discurso? Pues no, no siempre es así. Y aquí es donde los seguidores de Rothfuss vais a odiarme por usarle de ejemplo. Su saga Crónica del asesino de reyes rezuma un machismo y sexismo recalcitrante a lo largo de sus, por ahora, casi 2000 páginas. Pero vayamos por partes. Rothfuss ha manifestado varias veces y en distintos medios como es la Chicago Comic & Entertainment Expo de 2014 que:
 
“Tenemos un gran problema con cómo representamos a las mujeres. Y esto no es sólo en la fantasía. Es como si toda nuestra cultura estuviera metida en esto. Creo que es un veneno cultural. Muy poca gente lo propaga voluntariamente. Pero lo que ocurre es que te bañas en ello desde que eres un crío y ves las películas de las princesas Disney y dices: ‘Oh, eso es lo que una mujer quiere, así es una mujer. Es un poco insípida y entonces un hombre la salva, ¿verdad?’ Absorbes estos conceptos antes incluso de que ser capaz de racionalizarlo. (…) Y entonces tienes esto dentro de ti y, cuando toca ponerse a escribir, sale de ti de forma natural y el todo se perpetua.”
Creo que todos estamos de acuerdo en que tenemos mucha mierda interiorizada y en que hay que representar a todo el mundo como personas y no como recursos, pero cuando abres sus novelas encuentras que, aunque hay personajes femeninos muy interesantes como Devi o Denna, la novela es la mirada machista en estado puro. Una visión que no aporta nada de valor y sólo sexualiza, cosifica y tuerce a las pocas mujeres que salen en la saga. Que sí, que hay ejemplos interesantes, pero el envoltorio tiene tela.
He oído ya muchas veces que es para mostrar que el Kvothe adolescente es un machista, pero no así el adulto, pero ¿sabéis qué? Es el Kvothe adulto el que dice que las mujeres son como un laúd y que sólo hay que saber tocar las cuerdas adecuadas para hacer buena música o:
 
“Las mujeres son como el fuego, como las llamas. Algunas mujeres son como velas, brillantes y amistosas. Algunas como chispas, o ascuas, como libélulas que perseguir en las noches de verano. Algunas son como fuegos de campamento, todas luz y calor por una noche y dispuestas a ser apartadas después. Algunas mujeres son como lumbres, no hay mucho que ver, pero por debajo son todo cálido carbón al rojo que arde durante mucho, mucho tiempo”.
Aunque es el Kvothe adulto el que narra, eso no quita que sea Rothfuss el que perpetúa la cosificación de la mujer y la sexualización continua de las mismas durante la saga. Aquí es donde quería llegar. Pienso que un escritor tiene la obligación de ser coherente en lo que escribe con aquello que predica. Porque la hipocresía es precisamente eso: decir una cosa y hacer la opuesta.
Por resumir, podemos concluir que el límite de un escritor debe estar en la coherencia con aquello que predica. Si uno sostiene que hay que acabar con el tropo de “Bury your gays” (del que Rocío Vega nos habla en su entrada) no puede usarlo porque desprovee de poder todas aquellas declaraciones que haga. Un escritor puede escribir lo que quiera como quiera, pero luego no puede quejarse cuando se le tilde de machista, racista, homófobo o hipócrita. Las palabras se las lleva el viento y sólo nuestras acciones permanecen.

¿Opináis como yo? Decidme, ¿creéis que existen límites en los escritores?