El lunes intenté salir para comprar el pan, nada extraño hasta que abrí la puerta de la calle y me lo encontré: había un elefante sentado en el rellano delante de mi puerta. Sabiendo que saltar por la ventana de un quinto piso nunca es una buena opción, esperé hasta que decidió irse. No se fue.

El martes me dispuse a dar una vuelta, pero mis planes se vieron frustrados nada más abrir la puerta de la calle. Al otro lado me encontré a un militar dispuesto a no dejarme salir. Al ver que no iba a ceder, pregunté a qué se debía, y su respuesta fue: «No puedo decirte que un vecino de este edificio ha amenazado con dar un golpe de Estado usando una bomba casera a base de Mentos y Coca-Cola». De lo estúpido que me resultó cerré la puerta y me mentalicé para otro día más sin salir.

El miércoles cuando abrí la puerta de la calle me encontré a un leprechaun bailando en el felpudo de la entrada. Cuando me vio se acercó a mí y me pateó la tibia derecha. Decidí que la leche que había desayunado debía de estar caducada. Opté por no salir por precaución por si había enfermado.

El jueves cuando desperté había menos luz de lo esperado a las nueve de la mañana. Haciendo caso omiso, y achacándolo a que el cielo estuviese nublado, me vestí y decidí bajar al supermercado a por cereales, que se me habían acabado hacía días. Al abrir la puerta me encontré con la inmensidad del cosmos frente a mí. Vi planetas orbitar estrellas a una velocidad que desafiaba las leyes de la física, naves en llamas más allá de lo que mi vista me permitía enfocar, asteroides varados en la inmensidad negra del universo… Decidí que ese día no necesitaba cereales.

El viernes, decidido a no pasar otro día más en cerrado en casa, abrí la puerta de la calle y al ver que nada me lo impediría, cruce el umbral, pero en lugar de aparecer en el rellano, volvía a estar en el baño. «Maldita sea» pensé. Tras varios intentos, y no sólo con la puerta de la entrada, decidí que la cocina tampoco estaba tan mal para echar el día. Lo cierto era que no sabía cómo volver a mi cuarto.

El sábado me desperté entre la lavadora y el fregadero, momento en el cuál recordé qué hacía en la cocina. Caminé hasta la puerta y atravesé el umbral con los ojos cerrados. Al abrir estaba en el pasillo. Lleno de alegría atravesé todas las puerta de la casa para asegurarme de volvían a funcionar correctamente. Entonces me dirigí a la entrada y abrí ilusionado esperando encontrarme el rellano, pero en su lugar había un acantilado y en el lugar que debía de ocupar mi felpudo había una caída de varios cientos de metros. «Podría saltar» pensé, aunque descarté la idea en el mismo momento en que me di cuenta de que tenía miedo a las alturas. Al menos tenía una casa con vistas. Unas preciosas vistas, de hecho.

El domingo fue el más extraño si cabía porque el listón estaba muy alto. No recuerdo mucho de él, sólo que encendí la televisión mientras desayunaba y en el canal en el que se encendió había un sapo marrón que miraba a cámara con sus enormes ojos saltones. Entonces comenzó a hacer un ruido grave y continuo, como si fuera una nota sostenida. Lo siguiente que recuerdo es despertar el lunes con un picor de ojos brutal dando así por acabada la semana más extraña de mi vida.