Cuando abrió los ojos ya no estaba en Dathomir, pero su boca todavía paladeaba el sabor de la arena roja. Shelisha se sentó en la cama y sus pies colgaron a unos palmos del suelo. No reconocía el lugar donde estaba. La cama formaba parte de una litera empotrada. Las paredes de metal tenían cuadros pintados con acuarela con asombroso detalle de los atardeceres y amaneceres en planetas que no conocía. Antes de que pudiera curiosear, la puerta del cuarto se abrió sobresaltándola.

—Tranquila, tranquila. —dijo el hombre que había entrado. Su piel azul parecía absorber la luz del foco que tenía sobre su cabeza. En su mano derecha sostenía una bandeja de metal con una barrita y un vaso. El duros se detuvo un momento antes de agacharse para dejar la bandeja en el suelo y sentarse junto a esta—. Soy Cyst y sólo he venido a traerte algo de comer.

La niña le escrutó durante unos segundos eternos antes de acercarse con desconfianza. Cyst le seguía con la mirada mientras ella alcanzaba la barrita y el vaso y se los llevaba a la cama.

—¿Tienes nombre? —preguntó sin moverse de su sitio.

—Shelisha —contestó después de dar un buen trago al vaso, con la esperanza de que el sabor de la arena roja se disolviera en el agua. Tras otro repaso a la habitación, preguntó lo que la estaba consumiendo por dentro—: ¿me vais a vender a los Separatistas?

Cyst fue a replicar algo, pero la crudeza de la pregunta por parte de una niña tan pequeña le había pillado desprevenido.

—Mira, ni sé por qué iban a quererte ni quiero tener nada que ver con la guerra con los Separatistas. Digamos que no es mi problema. Además… —una voz desde fuera de la habitación interrumpió su frase—. Espera aquí.

Cyst salió y su voz se mezcló con el murmullo de la otra persona. Shelisha se terminó la barrita y se sacudió las migas del pantalón rojo y se puso en pie. Muy lentamente, como le habían enseñado, caminó hasta la rejilla de ventilación y desapareció tras ella. Como una sombra se deslizó hasta estar justo sobre Cyst y su interlocutora, que parecían estar teniendo una acalorada discusión.

—Por mi familia que te dejaba aquí con la niña, ¿pero te das cuenta en el lío que nos podemos estar metiendo? —la mujer, una mirialan, apuntaba a la cara a Cyst con su ceño verde fruncido.

—Es sólo una niña, ¿qué puede pasar?

—No sé, Cyst, ¿tú crees que los Separatistas mandarían a su ejército droide a un planeta tan recóndito como este? Joder, Cyst, que hemos aterrizado junto a un campo de batalla en toda regla. —La mirialan resopló airada.

Lo que Shelisha había soñado era un recuerdo. Ensimismada en su experiencia dejó de atender a la conversación. Lloró en silencio, inmóvil, hasta que oyó los gritos de la mirialan dentro de la habitación.

—De esta vas por la borda, Cyst, ¿dónde está la niña?

—Por la puerta no ha podido irse, así que sólo queda el conducto de ventilación.

Shelisha reptó en la dirección opuesta hasta que unas manos verde claro la agarraron desde abajo y la extrajeron del conducto.

—Sixess, la tengo. —Su voz era grave como un trueno.

La niña no dejó de patalear hasta que el kyuzo la puso en el suelo. No había hecho ruido y aún así la había cazado al vuelo. No trató de huir, no parecía lo más apropiado, pero no por ello dejó de buscar las opciones de salida. Ahora que el conducto ya no era seguro, quizá lo sería la cabina de mando, pero no sabía cuántos más serían la tripulación. La salida de la nave, en cambio, estaba bajando una escalera de mano detrás de Cyst y Sixess, así que no era una opción realmente.

—Eres una pequeña escurridiza —comentó Cyst en tono bromista.

Sixess suspiró con fuerza.

—¿Podrías sujetarla, Noru? —pidió, pero era más una orden que una petición.

—No va a escaparse otra vez —se giró a Shelisha y añadió—: ¿verdad?

Shelisha asintió, aunque era mentira. Todos sus instintos estallaban en su cabeza como luces de neón: «Huye». Noru acompañó a la niña a la habitación de antes y la dejó a solas con Sixess y Cyst.

—¿Dónde me vais a vender? Ya que soy mercancía quiero saber a dónde voy.

Sixess y Cyst se miraron antes de constestar.

—En ninguna parte porque no vas a venir con nosotros, te quedas aquí en Dathomir —sentenció la mirialan.

Cyst fue a replicar, pero una mirada bastó de la mirialan para que ni se atreviese.

—¿Están todas muertas? —preguntó Shelisha conteniendo la rabia y las ganas de llorar que la inundaban.

—Tiene toda la pinta. Lo siento. —Cyst al menos parecía sentirlo de verdad.

—Entonces nada me ata a Dathomir, llevadme con vosotros.

—No —respondió rotunda Sixess—. Eres un riesgo innecesario. A ver, ¿por qué vino aquí el ejército droide?

—Un ajuste de cuentas entre su líder y la nuestra, nada más.

Si algo le habían enseñado sus Hermanas en su corta vida era que a veces un poco de verdad era suficiente para no tener que dar más explicaciones.

*

La Rastreadora había atracado en una estación en órbita para repostar. Ahora, tras mucho discutir, estaba sentada a la mesa con toda la tripulación; por lo visto había otro miembro más, un humano moreno y con el pelo rapado al que llamaban Seis, pero no sabía si respondía a otro nombre. Lo ofrecido ante ella no era mucho, así que dio por hecho que aquel grupo vivía al día.

—Así que de Dathomir, ¿eh? —comentó Seis—: Cuando servía para la República oí ese nombre un par de veces, pero mis superiores nunca me hablaban de ello. Supongo que no les gustáis mucho.

—Eres…

—Un clon, de la 212 —apresuró Seis—, pero ya no soy un soldado.

Se hizo un silencio incómodo que Sixess rompió con una pregunta impertinente:

—Vosotras, las Hermanas, ¿sois una secta como los Jedi?

—No —rio Shelisha—, somos una familia compuesta sólo por mujeres dathomirianas. Tenemos una sola Madre y todas, estemos donde estemos, nunca dejamos de serlo. —Su mirada se ensombreció al recordar que era, seguramente la última Hermana—. Yo siempre lo seré vaya donde vaya.

—Me habría gustado tener algo así de pequeña. —Sixess suspiró—. Ninguno de nosotros tenemos una familia… Bueno, quizá Seis al ejército como una.

—Que no lo hago —replicó el clon.

—Pero creo que todavía hay sitio en la Rastreadora para una más si estás dispuesta a trabajar. Esto no es una guardería ni somos almas caritativas.

—Pues… —comenzó Cyst— tenemos un trabajo entre manos…

—Cyst… —avisó Sixess.

—Nos vendrá bien alguien pequeño —afirmó Noru ante la sorpresa de la mirialan.

Shelisha vio cómo Sixess se rendía al ver que ni siquiera el clon le apoyaba. Sonrió para sí antes de dar otro bocado a la hogaza de pan.

—Lo que queráis… por lo visto ahora no gano ni una votación, parezco Naboo en el Senado.

Aquella cena, por un momento le recordó a la dathomiriana las cenas con sus Hermanas… y con su madre. No había pensado en ella desde que había despertado, pero ahora, todo parecía volver de golpe parra atormentarla.

—Voy a… Gracias.

Shelisha se retiró sin añadir nada más.

El trabajo era sencillo, entrar y salir… con lo robado. Era una instalación minera de los Pykes, un sindicato criminal que traficaba con especia, una droga muy adictiva y popular en los fondos de Coruscant. Pero allí, en Kessel, nada era nunca fácil. Cada uno de la tripulación tenía una misión muy clara y, sin embargo, alguno de ellos había cometido un error y ahora Shelisha se veía corriendo por la instalación tratando de evitar a los Pykes que trataban de darle caza.

Cyst se ha parado más de cuenta. Cancelamos la misión. Tratad de llegar a la nave. Mucha suerte. —Sixess parecía de muy mal humor, no era para menos. Cyst estaba en un buen lío.

—Preparad la recogida, no nos iremos con las manos vacías —respondió Shelisha.

No… —Sixess respiró hondo— Ten cuidado.

Shelisha trepó ágil hasta los conductos de ventilación del techo y se deslizó por ellos como si ese fuera su hábitat natural. Su entrenamiento con sus Hermanas estaba lejos de estar completo, pero desde luego doce años de vida daban para mucho si era aplicada, y ella lo era. Ahora tenía la oportunidad de poner a prueba esas habilidades que tanto de las que tanto se enorgullecía.

Encontrar donde guardaban la especia no era nada difícil, sacarla de allí lo sería un poco más.

—Sector C Este, tengo la especia, estad atentos.

Recibido, estamos todos a bordo. Esperando extracción —respondió Seis.

Shelisha se descolgó del techo y cayó al suelo envuelta en un manto de silencio. Sus nuevas ropas oscuras la convertían en una sombra y sus ojos grises escrutaban desde el amparo de la oscuridad cómo los Pykes movían los contenedores de especia. Avanzó rápida hasta situarse detrás de uno de ellos y lo asfixió antes si quiera de que este pudiera saber qué estaba pasando. Con dificultad arrastró el cuerpo hasta una zona oculta y lo dejó allí tendido. Reclamó el contenedor y lo fue llevando con los otros que se encontraban junto a la entrada.

—Ya tengo suficientes. Voy a abrir la puerta y podemos irnos.

Recibido, en camino.

Detrás de ella yacían unos cuantos Pykes que no habían estado muy atentos. La oscuridad era el hogar de una Hermana de la Noche, pero… la luz… ella deshilachaba el manto protector que resguardaba a Shelisha. Por suerte, la Rastreadora apareció y tanto Noru como Sixess bajaron de ella para ayudar a la dathomiriana.

Los Pykes llegaron cuando Sixess estaba subiendo el último contenedor que Shelisha le había dado. Tan cerca y tan lejos. Shelisha cogió aire y suspiró con fuerza. El icor que corría por sus venas, aquella bruma verde que le permitía usar la magia de sus Hermanas fortaleció sus músculos y la impulsó. Veloz como un rayo se abalanzó sobre un Pyke tras otro cuchillo en mano.

Sixess entró el último contenedor, pero no se atrevió a mirar la escena. Shelisha había desatado su ira contra aquellos Pykes, que armados con fusiles, estaban indefensos ante una fuerza que no podían contener.

Cuando el frenesí terminó, Shelisha avanzó lentamente hasta la nave y apenas cruzó una mirada con la mirialan. Sólo quería salir de allí.

*

Sixess fue la primera en llamar al camarote. Estaba segura de que la dejarían en el primer puerto, había perdido el control y era un peligro.

—Puedo…

—Adelante —respondió Shelisha sin levantar la vista.

—Lo que hiciste antes… No voy a negar que ha sido asombroso, pero también nos ha dado mucho miedo. ¿Qué eres? —preguntó, el miedo se podía saborear en cada palabra.

—Una Hermana de la Noche. Lo que has visto… no debería de ser así. Perdí el control…

Bajó la mirada, avergonzada.

—Noru dice que no eres un peligro para la tripulación y él una especie de sexto sentido para lo raro. ¿Podemos fiarnos de ti?

—Ni yo misma puedo fiarme de mí… —Escondió la cabeza contra las piernas.

—Ninguno de nosotros tiene otro hogar ni otra familia, entre hermanos de vida debemos de confiar, ¿qué nos queda sino?

Volvía a estar sola. ¿Eso era que podía quedarse?

—¡Espera! —gritó Shelisha y la capitana se volvió—: Quiero quedarme y… prometo que no volverá a pasar.

—No jures en vano y… bienvenida a bordo.

La sonrisa de Sixess, aunque todavía escondía dudas, le recordó a la de Merrin, su amiga, a la que sabía que nunca volvería a ver. Quizá, si cerraba los ojos…