¿No os ha pasado alguna vez que estáis escribiendo o leyendo y notáis que hay algo que lastra la narración? Puede ser un personaje, una escena o incluso alguna trama secundaria mal llevada, y en algunos casos hasta la principal.

Llevo meses enfrascado en la revisión y reescritura de mi primera novela y, como resulta previsible, me encuentro de todo y nada bueno. Así que voy a enumeraros los más trágicos y horribles de cuantos me he encontrado.
 
El protagonista Mr. Tablón de Contrachapado:
Mi protagonista, Anker, en los primeros borradores tenía el mismo rango de emociones que la puerta de mi habitación: 0. Era un personaje tremendamente plano y odioso –no lo digo yo, sino mis lectores beta–. Con las sucesivas correcciones le estoy dando un fondo psicológico del que carecía y un contexto mucho más plausible.
El protagonista es quién lleva a cuestas el peso de la trama principal y si este resulta tedioso, la narración termina siendo aplastada por ese peso y el lector arrojará tu libro a la hoguera más cercana. Como escritor has de crear un protagonista que no resulte desagradable para el lector o, si lo ha de ser por cuestiones argumentales, el lector ha de querer saber por qué ese personaje es así.
¡Magia ilimitada!:
La magia, como todo sistema que se precie, ha de tener unas reglas más o menos definidas. Algo de lo que Guillermo nos habló en una de sus entradas. Luego uno es libre de jugar con ellas durante la narración, ya sea mediante formas de «trucar» el sistema o mostrando que nunca es tan sencillo y que todo tiene un precio, como te muestran en Fullmetal Alchemist con la alquimia, donde todo ha de partir algo previo y nada es gratis, pero también te muestran la otra cara de la moneda: la forma de saltarse todas las reglas.
Todo esto bien llevado puede resultar encantador para el lector. Si a mí me pones un sistema bien trazado, soy feliz. Por eso mismo estaba desencantado con ese aspecto de la novela y reescribí buena parte de ella para acomodar un sistema. A día de hoy mi novela cuenta con dos sistemas, a cada cuál más enrevesado que el otro.
La religión no es el opio del pueblo:
Aquí ya me meto en temas de worldbuilding, del que ya hablaré a fondo otro día, sí quiero mencionar el papel importantísimo que juega o debería jugar la religión en él. Puede ser algo recurrente en la narración, como ocurre en La elegida de la muerte de Virginia Pérez de la Puente, o bien ser algo mucho más sutil como ocurre en Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin; pero sea como sea, la religión influye en las vidas de todos, al que más y al que menos, los habitantes de tu mundo. Es uno de los factores que hacen que Ridia o Poniente sean lugares tangibles y tan reales como Albacete.
Así todo, aquí me encontré con otro escollo. Paré las rotativas y escribí lo que podría ser un relato corto en el que transcribí las bases de la religión imperante en mi novela. Después trace distintas corriente dentro de ella y cómo se relacionaban entre sí. Y de lo general a lo concreto, describí los ritos que se realizaban dentro de ella: como funerales y bodas. El resultado condicionó mucho el aspecto de este mundo, como no podía ser de otra manera.
 
El villano que no sabe qué quiere:
Si el protagonista era desastroso, también lo era el villano de turno, aunque por otro lado. A mis lectores beta les gustó bastante el villano, pero yo sentía que, aunque tenía personalidad, él no sabía qué quería en la vida. Lo siguiente era sencillo: «Criaturita, ¿qué quieres en la vida?». Esa pregunta tan sencilla es crucial para conocer las motivaciones de tu antagonista. ¿Quiere dominar el mundo? ¿Se contenta con acabar con el personaje que le tiró la jarra de cerveza en la Posada de la Encrucijada? Has de saberlo, lo cuentes de entrada o no, porque ello marcará la forma de actuar de este.
 
Los secundarios molestos como pulgas:
Tener personajes secundarios no sólo es recomendable, sino imperativo. Aunque claro, os puede pasar como a mí y añadir secundarios porque sí, como si tuvierais que cubrir un cupo. Los secundarios deben apoyar la trama principal o tener la suya propia si son afortunados, pero nunca lastrar la narración. Si le das voz y peso a un secundario, que sea para aportar algo a la narración sin llegar a ser el personaje que te hace soltar el libro e irte a dormir. Puede ser cargante como Samsa Stark en Juego de tronos y Choque de reyes o como Denna en El nombre del viento (ya sé que no son secundarios, pero sirven como ejemplo), pero sin permitir que hastíe al lector como hace Jar Jar Binks en… Bueno, básicamente cada vez que abre la bocaza.
Mis lectores beta se quejaban siempre de un personaje concreto. Por cómo la construí, lastraba la trama y, en realidad, no aportaba nada. Me di cuenta que si la quitaba ganaría mucha libertad y solucionaría la mayoría de los problemas que estaba teniendo en la revisión.
Las influencias:
Cuando hace años retomé la novela tras haberla dejado con sólo cinco capítulos escritos, la continué metiendo situaciones propias del más horrible y predecible de los shōnen japoneses. Desde un deus ex machina tras otro a personajes inverosímiles. Esto en su medio de origen y en un contexto sociocultural diferente al nuestro, funciona.
Algo así es importante porque es justo lo que me hizo arrepentirme de haberme comprado Prince of thorns de Mark Lawrence. Me encontré varias escenas de este estilo y a día de hoy el marca páginas sigue en la página 256. Y como yo, puede ocurrirle lo mismo a tu futuro lector y el boca a boca tiene mucho poder.
Las influencias están geniales cuando estas nos ayudan a avanzar y mejorar, pero cuando tratamos de trasladar algo que nos ha gustado en un medio a otro distinto, pueden salir abominaciones que piden fuego a gritos.
Estas son sólo las más importantes que he encontrado revisando, pero haber hay más. En futuras entradas iré a temas más concretos que este como el ya mencionado worldbuilding o los tropos y clichés, que dan para rato.

Al final lo básico es escribir algo que como lector no mandarías a la hoguera.